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Cuando la política castiga a la frontera


La decisión del presidente Daniel Noboa de elevar al 100 % la tasa de seguridad a las importaciones desde Colombia, vigente desde el 1 de mayo de 2026, marca una postura política firme frente a la crisis de seguridad en la frontera. El mensaje es claro: Ecuador exige corresponsabilidad. El problema es el costo.


Porque en la práctica, esta medida no golpea primero a los gobiernos, sino a la gente. En la frontera norte, donde el comercio entre Tulcán e Ipiales, la actividad ya venía cayendo de forma alarmante. Hoy, ese flujo se ha reducido drásticamente, dejando negocios vacíos, transporte detenido y familias con ingresos en riesgo.


La respuesta de Colombia introduce un matiz clave. Aunque anunció medidas arancelarias, también abrió una vía de alivio: permitir el ingreso con arancel cero de productos ecuatorianos considerados necesarios. No es una solución definitiva, pero sí una señal de que la diplomacia sigue operando para evitar una ruptura total.


Aquí surge la pregunta de fondo: ¿es esta una decisión correcta? El objetivo del gobierno ecuatoriano es legítimo. La seguridad en la frontera es un tema crítico, y exigir acciones concretas es necesario. Pero el método importa.


Cuando una medida económica se usa como herramienta política sin medir su impacto social, el efecto termina regresando. Menos comercio formal abre la puerta al contrabando. Más presión económica genera informalidad. Y la incertidumbre frena la inversión y el empleo.


Lo que está en juego no es solo una disputa entre gobiernos. Es el sustento diario de miles de personas que dependen del comercio fronterizo para vivir.


A partir del 1 de mayo, el escenario es incierto. Si las tensiones se mantienen, el riesgo es claro: más pérdidas, más presión social y más deterioro económico. Si se abre un espacio de diálogo, todavía es posible corregir el rumbo.


La política puede marcar el camino, pero no puede olvidar a quién debe servir. Porque cuando la firmeza no se equilibra con responsabilidad, la frontera deja de ser estratégica y se convierte en una zona de sacrificio.

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